A pocos minutos de iniciarse el Día
Internacional contra la Violencia hacia las Mujeres, muchos recuerdos me vienen
a la memoria: las campañas de sensibilización del Instituto Asturiano de la
Mujer, las concentraciones de condena, una larga lista de actos compartidos con
asociaciones de mujeres y sobre todo y de fondo, una sensación y un
sentimiento. La sensación de que poco a poco, la ciudadanía responde de forma
más solidaria ante la violencia de género y un sentimiento, frío, el que me
impregnan las estadísticas y las noticias de aquellas mujeres que asesinadas o
heridas, en el alma o a golpes, no han podido o no pueden desarrollar su vida
en condiciones de libertad.
Acabar con la violencia de género
constituye desde mi punto de vista, uno de los mayores retos del feminismo,
porque en ella radica la expresión más violenta de la desigualdad de género, porque
nace de la más obscena y despreciable dominación de los hombres sobre las
mujeres. Grandes pasos se han dado y sin duda, la aprobación en 2004 de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género supuso un punto
de inflexión en el modelo de intervención desde las instituciones públicas con
las mujeres víctimas, con el ámbito judicial, con los medios de comunicación, y
por su valor pedagógico, con todas aquellas personas que de alguna manera nos
sentimos culpables socialmente cuando se produce un nuevo caso de violencia
contra las mujeres.
Pienso que no hay una fórmula
mágica para combatir la violencia de género, pero sí una composición que puede
ayudar a eliminarla y que es la suma de la solidaridad y complicidad ciudadana,
del rigor profesional de quienes intervienen con las mujeres víctimas, de la
ética política y del compromiso activo y yo, desde aquí, os animo a todo ello.
La foto que acompaña mi post es
fruto de la acción voluntaria de un grupo de blogueras asturianas, estupendas
activistas feministas en la red. Gracias compañeras.

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